Le gustaban los martes cuando podía salir de la ciudad y allí—con tranquilidad—dedicarse a la oración y… a la lectura.
Le gustaban las visitas los domingos a las parroquias de Roma. Eso Le gustó mucho. Decían acerca de Él que era el párroco del mundo, porque viajó tanto. Pero Él más que nada se sintió el párroco de Roma, porque viajó por Roma tantas veces. Cada domingo, cuando no había ningunas celebraciones solemnes, salíamos a visitar alguna parroquia romana. Quería visitarlas a todas, pues se había determinado eso como Su aspiración de honor. Y había trescientas parroquias en Roma… Pero no logró a visitar ni siquiera ocho de ellas, lo que Le pesó mucho. Ya no tuvo tiempo ni fuerza. En los últimos años de Su vida, cuando tuvo dificultades grandes de movilizarse, siguió yendo a las parroquias, pero llegó a ver unas pocas. Más veces invitó a las parroquias a visitarlo a Él en el Vaticano.
Como fueron esas visitas al Vaticano?
Los representantes de alguna parroquia llegaban a la Santa Misa en el Aula de Pablo VI. Venían los que podían. En general invitábamos a los delegados de dos o tres parroquias. Luego de la Santa Misa, los delegados se acercaban al Santo Padre. Fueron encuentros muy familiares, no oficiales y papales. Los feligreses Le agradecían mucho por ese gesto. Entendieron que ya no podía viajar mucho, pero que no los había olvidado. Llegaban con mucho entusiasmo a esos encuentros (…) Aparte de ser el Papa, Juan Pablo II fue también el obispo de Roma. Y como buen obispo, tenía la obligación de visitar a Sus parroquias. Lo había hecho en Cracovia y lo hizo en Roma.
Cada año Juan Pablo II esperaba a la Semana Santa. Era un tiempo muy especial para Él. No solo había sido especial para Él la Navidad, aunque los que Lo conocían sabían que tenía una debilidad muy grande por los pesebres y los villancicos.
Se levantaba muy temprano para ver a las auroras, pero también le gustaban los ocasos. Lo observé cuando regresábamos de los paseos en Castel Gandolfo. En general volvíamos a la hora de almorzar. En setiembre, a las 19:30 de la tarde, el sol ya bajaba, y nosotros parábamos de caminar para ver el ocaso en el mar. En ese momento el Santo Padre se perdía en la oración…
Con el permiso del Padre Arzobispo Mieczyslaw Mokrzycki—“Lo que más Le gustaba eran los martes”
Publicación M, Cracovia 2008.
Traducido al español por Jadwiga Orzechowska-Ancaya