Luego de las peregrinaciones a Polonia, el Arzobispo Mokrzycki recuerda una anécdota que ocurrió durante Su penúltima. En el año 1990, cuando Juan Pablo II pasó la noche en la nunciatura en Varsovia, se resbaló en el baño y se cortó la frente. Cuando llegaron los paramédicos para atender a Su herida, resultó que el Santo Padre tenía que tener varias suturas. El médico quería hacerlo delicadamente y aplicarle las más pequeñas gazas. Atentó hacerlo una, dos, tres veces y cada vez decía: “disculpe, disculpe, disculpe”. Sus manos temblaban. Entonces el Santo Padre comenzó a contar una historia: “había un tal Jasio quien no se portaba bien y le decía a su mama ‘perdón’ hasta que su mama dijo: ‘Jasio, no me pidas perdón, sino mejórate’”. Al final, el paramédico pudo terminar con el vendaje, y nosotros nos alegramos que el Santo Padre, a pesar de los problemas con Su salud, todavía mantuviera el sentido de humor.
Así como en ese cuento la madre crió a Jasio, también Juan Pablo II llegó a criar a la juventud. Consecuentemente y desde el comienzo de Su Pontificado. Los guió con tanto éxito que en el Año del Jubileo, para los Días Mundiales de la Juventud, llegaron dos millones de jóvenes—un millón atendió al sacramento de la confesión.
Padre, Ud. observó esos acontecimientos de cerca. Que ocurrió?
Muy simple. Todo fue tan natural: El quería hablarles y ellos querían escuchar. No porque habló bellamente y prometía milagros. Había sido un actor. En su voz tenia la fuerza de tanques. Pero luego, de año en año, Su voz perdió la fortaleza—mientras que los jóvenes venían mas y mas. Eso demostró que el Santo Padre no era para ellos un artista “pop”, pero un testigo de Cristo. Y ellos llegaban a los Días Mundiales de Juventud por Cristo. Por Cristo se confesaban y recibían la Comunión. Y el papa se alegraba y les exigía.
Con el permiso del padre Arzobispo Mieczyslaw Mokrzycki—“Mas que nada Le gustaban los Martes”.
Publicación M., Cracovia 2008.