Hoy celebramos el Día de Corpus Christi—Corpus Domini. Los fieles cristianos se reúnen alrededor de la Eucaristía y honran a su más preciosa joya: Cristo, realmente presente en el pan y el vino consagrados.
Las muchedumbres salen de las iglesias y van en procesiones con el Santísimo Sacramento por las calles y parques de las ciudades. Es Cristo Resurrecto quien va por los caminos de la humanidad y ofrece continuamente a Su cuerpo como un verdadero pan de la vida (por. J 6, 48.51). Hoy, al igual que hace dos mil años, es difícil comprender esas palabras por la mente humana. (J 6, 60), la que se encuentra agobiada por la enormidad del misterio.
Para penetrar la profundidad de esa presencia de Cristo en los signos del pan y del vino, es necesaria la fe, especialmente la fe animada por el amor. Solo aquel quien cree y ama, puede entender algo de ese inexplicable misterio, a través del cual Dios se acerca a nuestra pequeñez, nos acompaña en nuestra debilidad, y se manifiesta Quien es—un eterno amor que nos trae la salvación.
Juan Pablo II
Corpus Christi—meditación antes de la oración El Cordero de Dios, 2 de junio