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Ese Día… los Médicos de la Policlínica Dieron su Propia Sangre

El Santo Padre estaba perdiendo fuerza, pero todavía estaba consciente. Emitía unos suspiros y quejas cada vez más débiles. Rezaba, oí como rezaba diciendo: “Jesús, Maria, Madre mía”. Cuando llegamos a la policlínica, perdió el conocimiento. En ese momento me di cuenta que Su vida estaba en peligro mortal. Los médicos que lo atendieron, me dijeron más tarde que cuando lo operaron no tenían la esperanza de que iba a vivir.

No me acuerdo si era por el pánico de todos, o por un apuro, llevaron al Santo padre en el ascensor al decimo piso, para luego descender al noveno a la sala de operaciones. En cierto momento alguien quien dijo:” “Por aquí va a ser más rápido!” Y para acortar el camino, los enfermeros desmontaron una puerta. A mí también me dejaron entrar; había mucha gente. Me quedé parado en un rincón y recibía las noticias al momento. Empezaron los problemas con la presión arterial y luego con los latidos cardiacos. Pero el peor momento fue cuando el Doctor Buzzonetti se acerco a mí y me pidió que Le administrara al Santo Padre el sacramento de la Extrema Unción. Lo hice inmediatamente con el corazón desgarrado. Era como si alguien me hubiese dicho que ya no se podía hacer nada.

La primera transfusión de sangre no era suficiente. Había necesidad de otra—en cuyo caso los médicos de la policlínica ofrecieron su sangre propia. Por suerte en ese momento llegó el cirujano, Profesor Francisco Crucitti, quien se decidió a operar al Papa, ya que su jefe, profesor Gian Carlo Castiglioni se encontraba en Mediolan. Entonces comenzó la operación. Yo ya estaba afuera de la sala quirúrgica; recé, recé, y recé. Cada rato venia a mi alguno de los médicos informándome acerca de la cirugía. Yo rezaba más rápidamente. Me entregué a Dios, mencionando a la Virgen Maria… Luego de cinco horas y media alguien apareció. No recuerdo su cara, pero sí recuerdo lo que dijo: que la operación fue un éxito y que aumentó la chance de vida para el Santo Padre.

Luego de llevarlo a la sala de recuperación, nuestro Papa se despertó del narcótico temprano a la mañana siguiente. Abrió los ojos y me miró atentamente, como si tuviese dificultar de reconocerme. Luego dijo estas palabras: “Duele…sed…”. Y luego: “Al igual que con Bachelet …”. Aparentemente se acordó lo que había pasado con el profesor Vittorio Bachelet, quien había sido asesinado un año atrás por la Brigada Roja.

Cardenal Stanislaw Dziwisz—“El Testimonio”.

Traducido al español por Jadwiga Orzechowska-Ancaya