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Esa Era Su Gente

Había tantos jóvenes, quienes habían nacido durante el pontificado de Juan Pablo II, quienes se criaron en la Fe, y quienes atestiguaban que Él motivó (Lo llamaban “mi Papa”) por qué sentían la presencia verdadera de Cristo en sus vidas.

Había tantos jóvenes de antaño, que ya crecieron y se encontraron en algún Día Mundial de la Juventud, y quienes debían a Él su elección de matrimonio, o su vocación al sacerdocio, o a su orden religiosa.

Había tantos cristianos quienes Lo habían escuchado una sola vez, o Lo habían visto de lejos, quienes volvieron a la Fe, o—de acuerdo a lo que El les suplicó—se decidieron llevar una vida que tenia propósito, descubriendo el valor de incorporar las virtudes morales a su vida diaria y en su amor al prójimo.

Esa era Su gente. Pero era más. Sí, con certeza era Su gente a quienes Juan Pablo II acompañó cuando se preparaban a una nueva Fe. Una Fe más simple, más transparente y sin estar agobiada por pesos innecesarios; una Fe más consciente, profunda, y madura. Una Fe que podía atestiguar y transformar a creyentes fríos y temerosos a unos auténticos seguidores del Evangelio, y capaces de confrontarse con una frente alta—como verdaderos cristianos—con un mundo lleno de contradicciones y sorpresas.

Esa era Su gente—lo dije. Pero era más. Pensé que la muchedumbre que en ese día se conglomeró alrededor de Él, alrededor de Juan Pablo II, representaba un espejo, una imagen verdadera de la Fe en Dios que había excedido las fronteras de sus creencias. Quiero decir que, en ese día 1º de mayo, en la Plaza San Pedro en Roma, aun las personas no creyentes, o las que desde hace mucho tiempo se habían resignado a dejar de practicar su Fe, se contagiaron por la manera que Karol Wojtyla pudo transmitir la Esperanza; y que gracias a Él muchos hallaron una nueva vida interior. Quizás comenzaron a preguntarse acerca del Dios trascendental a los hechos de la humanidad, y Quien al mismo tiempo estaba presente y dirigía esos hechos…

Con permiso del Padre Cardenal Stanislaw Dziwisz—“Al lado del Santo”.

Traducido al español por Jadwiga Orzechowska-Ancaya